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La cabaña del tio Obama

Domingo 27 de junio de 2010


“No se puede separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz a menos que sea libre” Malcolm X

La mediática coronación de Barack Obama como último emperador de los Estados Unidos, hizo concebir a muchos de los forzados súbditos que habitamos en este planeta una ilusoria esperanza de que las raíces afroamericanas del nuevo Presidente de la potencia hegemónica propiciarían un cambio de estilo en las relaciones planetarias. Felices nos acostamos tras oír en la televisión el enésimo “Yes we can” (si, podemos), que gritaban enfervorecidas masas en Washington tras la elección de un descendiente de keniatas que además se llama Hussein, soñando con un mundo mejor.

Desgraciadamente, hemos despertado del sueño tras comprobar como la política del nuevo inquilino de la Casa Blanca sigue estando en un franca connivencia con los poderes económicos que tradicionalmente han dominado la política norteamericana y mundial, como lo estuvieron sus predecesores; en el campo internacional, Obama anunció solemnemente que en Afganistán los Estados Unidos tenían que ganar, por el bien de las víctimas de sus bombardeos, que se dedican profusamente a bombardear población civil afgana, talibanes reales o en potencia, “todo ello por nuestro bienestar”, que diría la ministra española de Defensa, Carme Chacón, barajando el envío de 40.000 nuevos soldados a esa zona del mundo para asegurar el paso de gas por esta maltratada zona del mundo, para beneficio de las multinacionales. En fin, una operación imperialista al estilo clásico, con un gobierno títere dirigido por un ejecutivo local de empresa norteamericana, Karzai, con íntimas conexiones con los traficantes de opio.

Pero si nos trasladamos a América Latina, el panorama no varía mucho: la inminente instalación de siete bases estadounidenses en Colombia, anunciada por el títere local, Uribe, famoso dirigente con conexiones, incluso familiares, con el paramilitarismo y el narcotráfico, ilustra sobre la nueva política norteamericana en la zona, destinada a apuntalar la hegemonía USA sobre la región y provocando una peligrosa escalada armamentística allí, frente a los proyectos que se están dando en algunos países del subcontinente de establecer unos sistemas económicos y políticos que les saquen de la tradicional dependencia neocolonial. Otro dato relevante es el golpe de estado en Honduras, frente al cual, tras un rechazo meramente cosmético, la administración USA, por boca de su titular de asuntos exteriores, Hillary Clinton, apuesta por una salida “dialogada” entre golpistas y víctimas de modo que se evite el riesgo que para las empresas trasnacionales suponía que ese país centroamericano entrara en la senda marcada por Venezuela. A buen seguro, la estrategia ensayada en Honduras será exportada a otros países díscolos (Bolivia, Ecuador, etc.)

Mas no todos han despertado al parecer del espejismo Obama, al menos los venerables sabios que en Noruega otorgan el premio Nobel de la paz siguen soñando y deciden otorgar el premio de 2009 al mediático presidente, sin que se sepa a ciencia cierta que méritos adornan al galardonado. Viene pues, este hombre a unirse a la galería de premiados en la que destaca Henry Kissinger, muñidor del golpe de Estado fascista en Chile, entre otros episodios oscuros, que fue recompensado en 1973 junto con el líder Vietnamita Le Duc Tho, que lógicamente rechazó dicho premio ante la tesitura de compartirlo con uno de los máximos responsables de la destrucción de su país. También hemos de recordar a Ménahem Begin, antiguo líder del grupo paramilitar sionista Irgun, y dirigente de Israel, por la firma de unos supuestos acuerdos de paz que no aliviaron un ápice el sufrimiento del pueblo palestino.

Con tales socios, a uno no le apetece demasiado pertenecer a dicho club; el benefactor que dio origen a tales galardones, Alfred Nobel, inventor de la dinamita, se ve mucho más presentable que esos personajes.

Existe pues una clara tendencia, que no puede ser casual, de otorgar el Nobel a defensores de un sistema, el capitalismo, que es con diferencia el que más violencia ha generado y genera en la historia, pero otorgar dicho galardón al presidente de la primera potencia imperialista, mientras caen toneladas de bombas sobre Afganistán, supone una burla a la inteligencia.

Tal vez los sabios de Oslo podrían darle un baño de prestigio a su premio otorgándoselo a Fidel Castro, que tanto ha hecho por promover la educación, la sanidad y la dignidad del pueblo cubano durante casi cincuenta años, a pesar del bloqueo a que les ha sometido (y aún les somete) Estados Unidos, pero me parece que eso ya es soñar demasiado; además, dudo mucho que lo aceptara.

. Pablo Zárate


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