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Siria en la encrucijada imperialista

Artículo extraído de nuestra revista Línea Roja, nº 4

En los tiempos que actualmente corren, cuando las redes de dominación del capitalismo se encuentran prácticamente en la cima de su desarrollo, y con un movimiento revolucionario débil y disperso que no parece capaz de oponerle ninguna respuesta transformadora a corto plazo, los designios de la burguesía imperialista marcan, para desgracia del proletariado entero, el orden del día en la política internacional. Hoy es el pueblo sirio, convertido en víctima de una de las mayores inversiones económicas y militares recientes del imperialismo, quien paga con su sangre y combate con su firme resistencia los intereses de este capital monopolista que únicamente puede sobrevivir a través del expolio más brutal de todas las masas trabajadoras sometidas a su dominio.

Las primeras movilizaciones populares de 2011 —en las que participaron de 150.000 a 200.000 personas y que respondían, en parte y entre otras cosas, a las consecuencias del giro liberal desarrollado por el gobierno de Assad en los años precedentes— proporcionaron una oportunidad de oro para la injerencia extranjera en Siria; coyuntura que, por supuesto, las fuerzas al servicio de la burguesía occidental no tardaron en aprovechar. Así, pronto comenzaron a constituirse grupos de “oposición” (el Ejército Libre Sirio, el Frente al-Nusra, etc.) entrenados y equipados por potencias como Estados Unidos, Francia, Turquía, Arabia Saudí o Qatar. Desde entonces se han sucedido ya seis años de continua agresión, que sólo la encarnizada defensa de la soberanía y la independencia sirias por parte de las llamadas fuerzas “patrióticas” y sus diferentes aliados ha podido refrenar.

Con esto no se trata de achacar todo el peso de los acontecimientos en Siria a las causas externas que los determinan (recordemos: el motor de la historia es la lucha de clases, y no las conspiraciones de la CIA), pero las diversas condiciones y causas internas que sirvieron de base al levantamiento de algunos segmentos del pueblo sirio en 2011 y que han permitido el arraigo social del salafismo, wahabismo, takfirismo y yihadismo en Oriente Próximo no pueden distraer la atención con respecto al hecho de que, tal y como viene sucediendo con el fascismo en los Estados del “centro”, han sido precisamente las potencias imperialistas quienes han agudizado, fomentado e instrumentalizado todas esas contradicciones para su particular beneficio. Ahora mismo, desviar el foco hacia los factores culturales o la religión (alauíes vs. suníes) significa simplemente hacer concesiones al relato oficial de la burguesía y diluir la evidencia de que ésta posee enormes intereses en generar este tipo de confrontaciones bélicas y lucrarse a costa del padecimiento del proletariado.

En cuanto a los objetivos de la intervención internacional en Siria —ya se produzca ésta financiera, logística o militarmente, armando a la contrarrevolución o atacando directamente al pueblo sirio—, existen varias finalidades materiales estratégicas de primera importancia para los planes del imperialismo. Por ejemplo, obstaculizar el proyecto de construcción de un gaseoducto Irán-Irak-Siria que lleve el gas del South Pars iraní a Europa atravesando Líbano, ante cuya posible realización el gobierno estadounidense advirtió ya de sanciones económicas; sacar una mayor tajada de los recursos naturales sirios (reservas de más de 2.500 millones de barriles de crudo en 2013, 50.000 millones de toneladas de petróleo de esquisto, 240.000 millones de metros cúbicos de gas natural, etc.); derribar al gobierno sirio, principal bastión de la resistencia contra el Estado sionista de Israel en la zona (recordemos que Siria ha acogido con el tiempo a cerca de 450.000 refugiados palestinos, así como apoyado y entrenado a militantes del FPLP y Hezbollah); borrar del mapa a una de las mayores “amenazas” restantes para el imperialismo después de la desestabilización y destrucción de Estados soberanos como Irak o Libia; y, en definitiva, para quebrar todos los posibles alineamientos políticos y económicos de la República Siria desfavorables a los planes de la OTAN: con Rusia, China, Irán, Irak, Palestina, Líbano, Venezuela, Cuba, etc.

¿Quiénes se disputan ahora el control de este codiciado campo de batalla? A pesar de las diferentes posiciones en liza dentro del conflicto, y del evidente sesgo proimperialista de la propaganda mediática que suele llegar hasta nuestras manos, podemos trazar algunos ejes básicos para esclarecer la situación política en Siria. A grandes rasgos, la mayor parte de las fuerzas implicadas en esta lucha tienden a polarizarse en dos grandes bloques, sin duda heterogéneos y atravesados por una serie de tensiones internas que luego mencionaremos, pero definidos con cierta claridad por su posición global en el marco de las relaciones imperialistas: por un lado, los llamados “rebeldes” (“moderados” o no), los “revolucionarios” y todos los supuestos “combatientes por la paz y la libertad” que persiguen el derrocamiento del tiránico “régimen” de Bashar al-Assad; por otro, las fuerzas agrupadas en torno al gobierno oficial sirio, compuestas por un amplio conjunto de organizaciones, milicias y grupos armados de distinta índole que sostienen la defensa nacional contra las facciones rebeldes a sueldo del imperialismo.

Entre los primeros —en gran parte mercenarios reclutados y armados por Arabia Saudí, Qatar, Estados Unidos y Turquía, potencias que constituyen su principal apoyo logístico— se cuentan miles de yihadistas procedentes no sólo de Siria (ni mucho menos), sino también de Túnez, Arabia Saudí, Jordania, Turquía, Chechenia, Francia, Marruecos, Líbano o Egipto. En 2016 ya se estimaba el número de estos mercenarios extranjeros, introducidos a través de las fronteras sirias con Jordania, Israel y Turquía, entre 27.000 y 31.000. Aparte de estos “rebeldes” pertenecientes al Daesh o Tahrir al-Sham (la nueva marca blanca del Frente al-Nusra, rama regional de Al Qaeda en Siria), también se enfrentan al gobierno de Assad la “oposición” interna encabezada por el Ejército Libre Sirio (ELS), servil a los propósitos de la burguesía occidental, y varios grupos independientes de menor importancia.

Enfrente, el principal baluarte de la resistencia siria contra el imperialismo y la barbarie desatada por medio de sus “apéndices” yihadistas lo constituye el Frente Nacional Progresista ahora en el poder, integrado por una decena de partidos —entre ellos las dos fracciones del Partido Comunista Sirio (PCS-Bakdash y PCS-Unificado)— bajo el liderazgo del Partido Baaz de Basher al-Assad, quien comanda oficialmente las Fuerzas Armadas Sirias. Junto a ellas se han movilizado diferentes grupos armados procedentes tanto del interior del propio Estado (el Partido Social Nacionalista Sirio, la milicia revolucionaria Resistencia Siria) como de Palestina (el PFLP-CG, el Ejército por la Liberación de Palestina), Afganistán (Liwa Fatemiyoun), Pakistán (Liwa Zainebiyoun), Líbano (Hezbollah) e Irak (las Fuerzas de Movilización Popular), al igual que otros grupos internacionales como las Brigadas Baaz o la Guardia Nacionalista Árabe (que cuentan con miembros egipcios, tunecinos, yemeníes, etc.) y las fuerzas armadas de Irán, Irak y Rusia. Además, el gobierno recibe también apoyo armamentístico de cuatro naciones aliadas: Corea del Norte, Egipto, Bielorrusia y China.

Sin embargo, como adelantábamos antes, no todos los sectores considerados “progresistas” de la República Árabe Siria han cerrado filas en torno al bloque nacional en lucha contra el imperialismo de la OTAN: una serie de partidos de izquierda agrupados en el Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas de Cambio Democrático vienen conformando desde el inicio de la guerra una oposición interna que, aunque apoya una política de “resistencia no violenta” y rechaza toda intervención militar extranjera, respalda al ELS y propugna la intromisión de la Liga Árabe en el conflicto. En cualquier caso, su importancia política es bastante reducida precisamente por haberse enemistado con los grandes frentes de oposición, como el Consejo Nacional Sirio o la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria —a las que acusa desde 2012 (no sin razón) de funcionar como herramientas de Turquía y algunos Estados del Golfo para proveer financiera y armamentísticamente a los “rebeldes”—, y, aun con ello, no posicionarse del lado de las masas populares que sostienen la defensa de la soberanía nacional siria.

Por eso, la principal excepción a las dos grandes corrientes que ya hemos mencionado (las fuerzas patrióticas y los rebeldes) la encontramos más bien en el caso kurdo, que se ha ido embrollando con el transcurso de la guerra en Siria y plantea ahora algunas nuevas dificultades que merecen ser abordadas específicamente. Por supuesto, existen numerosas divisiones internas entre los propios kurdos, tanto a nivel regional (recordemos que habitan territorios oficialmente pertenecientes a los Estados de Turquía, Siria, Irak e Irán) como político (desde las reaccionarias posiciones de los peshmergas iraquíes del KRG, cómplices de Estados Unidos durante la intervención imperialista de 2003 en Irak y firmes aliados del poder yanqui todavía hoy, hasta fuerzas más progresistas como el PKK). Aquí sólo podemos señalar la presencia de esas complejas tensiones internas y advertir que a partir de ahora nos referiremos casi exclusivamente a los kurdos sirios, que lógicamente tienen para el caso que nos ocupa la mayor relevancia.

Así pues, desde nuestro punto de vista, hay tres claves fundamentales a tener en cuenta para el análisis de este problema. En primer lugar, se halla el hecho de que el pueblo kurdo sea considerado como uno de los más numerosos (con una población aproximada de entre 28 y 35 millones de personas) que no “posee” o constituye un Estado propio. Aunque existen ciertas tensiones políticas en su propio seno —entre determinados sectores que buscan una autonomía regional con respecto a Siria, y sectores que enarbolan la consigna de una independencia inmediata total—, defender el derecho a la autodeterminación del pueblo kurdo y apoyar su autonomía efectiva, como ya ha sido establecida de hecho en Rojava, parecen constituir una exigencia básica acorde con los principios revolucionarios básicos del marxismo-leninismo (con un pequeño matiz: siempre que esto vaya en consonancia con las necesidades planteadas por la situación concreta, atendiendo a la contradicción central en cada momento del proceso; y es que no podemos permitir que el legítimo derecho a la autodeterminación de los pueblos se convierta en un arma en manos del imperialismo, en este caso para hundir al gobierno sirio).

Otro factor esencial que determina profundamente esta cuestión es el papel práctico desempeñado por las fuerzas kurdas durante los seis años de conflicto. En líneas generales, la confrontación militar entre (algunas) facciones kurdas y el gobierno sirio ha sido ocasional y de escasa gravedad; en efecto, su relación se ha orientado habitualmente hacia una resistencia cooperativa contra el enemigo común: el Ejército Libre Sirio, Daesh, el Frente al-Nusra y todos los demás grupos y milicias de oposición instrumentales a los intereses del imperialismo. Además, un amplio porcentaje de la población kurda (alrededor de 15 millones) habita grandes regiones ubicadas al sur-sureste del Estado turco. La oposición en esta zona fronteriza de unas YPG aliadas con el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) puede resultar útil en un doble sentido: tanto para debilitar o desgastar al reaccionario gobierno otanista de Erdogan como para dificultar la continua introducción de yihadistas y mercenarios de toda laya en Siria a través de su frontera con Turquía.

Por último, y en estrecha dependencia con los dos puntos anteriores, se encuentra el progresivo deslizamiento kurdo hacia la órbita político-militar estadounidense. Ahora mismo, Estados Unidos sostiene una alianza explícita con las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias; una coalición de milicias dominada política y militarmente por las YPG), a las que apoya logísticamente y favorece en varios sentidos de cara al bloque imperialista occidental, presentándolas como un aliado crucial en su supuesta lucha contra el terrorismo. Por su parte, las YPG no solamente reciben el armamento y el entrenamiento militar facilitados por la Casa Blanca, sino que devuelven estos servicios prestados con, por ejemplo, la cesión de territorios en el norte del Estado sirio para el establecimiento de bases aéreas bajo control yanqui. En cualquier caso, y más allá de las sospechas que naturalmente pueda levantar un proyecto “revolucionario” directamente financiado por la mayor potencia imperialista del mundo, creemos que la clave aquí reside en el rol objetivo global que las fuerzas kurdas —asumiendo las múltiples divisiones internas que ya hemos mencionado— juegan a cada instante en el conflicto y el posible devenir de la situación en Siria.

En este sentido, las fuerzas hegemónicas en la zona del Kurdistán sirio (es decir, fundamentalmente las YPG, que cuentan con un amplísimo respaldo popular en Rojava) solamente podrán mantener una orientación más o menos progresista mientras prolonguen su alianza táctica con las fuerzas nacionales sirias y sus aliados para derrotar al enemigo común de ambos. La debilidad de un Estado sirio mermado por la contienda bélica ha permitido el establecimiento de una región autónoma bajo control kurdo en el norte; en la medida en que su colaboración con el gobierno baazista para expulsar a los mercenarios se prolongue y la independencia política de las asambleas kurdas no quede secuestrada y puesta al servicio de los intereses estadounidenses y de la OTAN en general —lo que terminaría redundando, sin duda, en un seguro perjuicio para todos los pueblos de la zona—, deberemos apoyar consecuentemente su lucha contra todas las fuerzas reaccionarias que ahora mismo se les enfrentan: Turquía, el Estado Islámico y demás adláteres.

Por tanto, está claro que el conflicto bélico en Siria es un complejo sistema de contradicciones, que en ningún momento deja de desplegarse y transformarse con cada viraje político, con cada choque militar y con cada jugada en el tablero de ajedrez en que la injerencia imperialista ha convertido el territorio sirio. Pero no se ha tratado desde 2011, ni se trata ahora, ni probablemente llegue a tratarse en el futuro próximo, de una guerra dominada por la contradicción entre dos supuestos bloques imperialistas. Es más: todos los intentos de presentar esta situación como una confrontación esencialmente interimperialista, donde las propias masas obreras y campesinas sirias no tienen ninguna relevancia y son los ejes EEUU-OTAN y Rusia-China-Irán los que rivalizan en territorio ajeno, no hacen sino extender el discurso legitimador de la burguesía occidental. Y esto por varios motivos.

Primero, porque, contra las vulgarizaciones del marxismo-leninismo que identifican el “imperialismo” con la pura capacidad militar de un Estado, ninguna de las dos grandes potencias internacionales aliadas con el gobierno sirio (Rusia e Irán) son Estados imperialistas en el genuino sentido leninista del término —y, aun en caso de que lo fueran, no constituirían ni el bloque imperialista hegemónico ni el bloque al que el Estado español se adscribe—; segundo, porque el único aliado sirio susceptible de pasar a engrosar a corto plazo las filas del imperialismo (China) no le presta a las fuerzas de Bashar al-Assad sino un apoyo coyuntural y limitado, mucho más protocolario que material; y, por último y ante todo, porque la contradicción central en este conflicto es la que se establece entre el agresor imperialista y el Estado agredido, mal que les pese a quienes, comunistas o no, sentencian con toda ligereza la “dictadura” de Assad o el interesado favor de Rusia y adoptan una postura cómplice con los intereses del imperialismo al que nuestro propio Estado, nuestra propia burguesía, pertenece.

Es cierto que el gobierno baazista del presidente Bashar al-Assad queda muy lejos de constituir cualquier tipo de referente revolucionario para el proletariado internacional; así lo atestiguan, entre otros ejemplos, una larga trayectoria de represión estatal a las y los comunistas sirios (aun a pesar de la participación institucional de las dos ramas del PCS en el Frente Nacional Progresista), el abandono formal de todo rastro de planificación “socialista” a partir de la nueva constitución de 2012 (modelo económico seguido por Siria durante su alineamiento con la URSS entre los años 60 y 80), una intensa corrupción de las élites políticas en el poder que llegó a representar incluso el 20% de la economía nacional, y un amplio viraje económico hacia el liberalismo que prolonga el “Movimiento Correctivo” de Hafez al-Assad en los años 70 y la Ley de Inversión nº10 promulgada en 1991 (produciendo un fuerte crecimiento del sector privado en la industria textil, química, agroalimentaria y en las ingenierías, la legalización de la banca privada en 2001, la introducción de grandes monopolios extranjeros como Shell, Mitsubishi, Samsung o Nestlé, y, en general, la caída de un sector público-estatal cuya participación en el PIB es un 60% inferior a la del sector privado).

De hecho, incluso las propias fuerzas comunistas sirias, cuya independencia política se ha visto históricamente subordinada al Partido Baaz (quizá más progresista que aquéllas en los años 40, 50 y 60 del pasado siglo) han mostrado su oposición frente a este giro liberal cada vez más favorable a la burguesía siria y al capital extranjero; no obstante lo cual la gran mayoría de grupos comunistas de la región, empezando por las dos fracciones del PCS y la milicia marxista Resistencia Siria, han manifestado igualmente su apoyo al gobierno de Assad como la única elección posible para preservar la soberanía nacional de su Estado y no compartir el miserable destino que el imperialismo reserva a los pueblos “incompatibles” con sus proyectos de dominación económica mundial (véanse al respecto, por ejemplo, los casos recientes de la ex-república federal de Yugoslavia, Irak o Libia tras las intervenciones “humanitarias” de la OTAN).

Además, las exigencias planteadas al gobierno de Assad por esta difícil coyuntura y la presión de sectores críticos como el propio PCS-Bakdash han revertido parcialmente la tendencia liberalizadora en Siria, motivando la implementación de ciertas reformas sociales en beneficio de las masas empobrecidas y adoptando nuevas políticas favorables al conjunto de la clase trabajadora.

En consecuencia con todo lo dicho, consideramos que asumir una postura “equidistante” sobre la base de que Assad representa a la burguesía nacional o burocrática de un Estado capitalista implica cometer un error de análisis. Y no porque esta acusación sea necesariamente falsa, sino por las nocivas consecuencias políticas que adoptar dicha línea acarrea. Por supuesto que el gobierno baazista sería, en otras circunstancias, un enemigo mucho más inmediato del proletariado sirio en el marco de la lucha de clases; por supuesto que los destacamentos comunistas en Siria arrastran tras de sí una larga historia de limitaciones ideológicas y políticas erróneas, que tienen un largo camino por delante y que les espera una dura lucha para la construcción de un movimiento de clase verdaderamente revolucionario; pero en la época superior del capitalismo, y ante el contexto de una evidente agresión imperialista, es casi imperativa la alianza con la burguesía nacional de los Estados imperializados para resistir los envites del capital monopolista, como Lenin y Mao supieron percibir tan lúcidamente.

Por tanto, supone una postura errónea desentendernos del conflicto en Siria y olvidar que la única manera de oponernos a los intereses de nuestra burguesía y del bloque imperialista hegemónico al que ésta pertenece (EEUU y la OTAN) radica precisamente en oponernos a la intervención en Siria y respaldar la lucha de sus pueblos por la autonomía nacional. Tan equivocada resulta esta línea como ir completamente a la zaga del Baaz sirio y practicar un seguidismo acrítico con respecto a la figura de Assad (que solamente bajo las circunstancias actuales tiene la posibilidad de jugar un papel progresista a escala global).

En definitiva: si el imperialismo occidental lleva seis años golpeando violentamente a la República Árabe Siria mediante los “revolucionarios” del ELS y los “rebeldes” yihadistas patrocinados por EEUU, Qatar, Turquía y la monarquía saudí, se debe a su cada vez más desesperada carrera contra la tasa decreciente de ganancia y las crisis de sobreproducción inherentes al régimen productivo capitalista. Frente a la firme voluntad del imperialismo de someter a todos los pueblos autónomos del mundo, estableciendo gobiernos títeres allá donde pasan las altruistas cruzadas por la paz y la libertad de Estados Unidos, la OTAN y sus aliados, nuestra respuesta debe basarse en la solidaridad de clase, el internacionalismo proletario, una completa oposición a los planes del capital imperialista del que nuestro Estado forma parte, y el más absoluto apoyo a la lucha de los pueblos agredidos por el imperialismo contra las  desatadas fuerzas de la reacción.